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Yo no viviré mi muerte

YO NO VIVIRÉ MI MUERTE

 

Carmen Legazpi

 

Nos tomará por la espalda y no habremos podido prepararnos para ello.

J.P. Sartre, El muro

¿Es la muerte el “gran final” de la vida? ¿Es el acontecimiento que cierra el espectáculo como un último número? ¿Puede entenderse como el “acorde de resolución” de la melodía? En fin, ¿puede la muerte dar sentido a la vida? Me es fácil decir que la muerte es parte de la vida, si con esto quiero decir que es algo tan normal que a todos los vivos les pasa. Jean-Paul Sartre se preguntó con mucho más detenimiento qué es lo que implica “humanizar” la muerte, incorporarla a la vida desde la propia perspectiva; es decir, hacerla entrar en mi vida.

En El ser y la nada Sartre da respuesta a estas preguntas partiendo de su inconformidad con la concepción heideggeriana de la muerte. Según dicha concepción la muerte se humaniza y entra en la vida del hombre al formar parte de su estructura ontológica: el Dasein ES un Sein-zum-Tode; es decir, el ser que es el hombre es un ser-hacia-la-muerte, que, además, encamina su libertad hacia su propia muerte al constituirse como un ser libre-para-morir.

La inconformidad aludida resulta -entre otras cosas no menos importantes- en las siguientes cuatro afirmaciones relacionadas entre sí:

1. La muerte no puede dar sentido a la vida

2. La muerte le quita sentido a la vida

3. La muerte no puede ser parte de mi vida

4. La muerte no me lesiona

En apoyo a la primera afirmación

– Si comparamos la vida con una melodía que termina en un acorde de resolución que da paso al silencio, encontraremos que la analogía falla. No podemos comparar ese acorde que al cerrar la melodía le confiere sentido con la muerte: el último acorde emana de la melodía misma. La muerte, en cambio, cae desde afuera, es afuera y nos convierte en afuera.

– La muerte es traída por el azar, no podemos aguardarla, comprenderla ni prepararnos para ella: no nos toma en cuenta.

Más que a un final armonioso se parece a un allanamiento.

– La muerte no puede dar término o resolución a nuestra vida: el valor de nuestros actos queda definitivamente en suspenso.

– La muerte no es -como había pensado Heidegger- mi posibilidad de no realizar más mi presencia en el mundo; por el contrario, es el fin y la “nihilización” de mis posibilidades. Gracias a la muerte, entonces, no solo no habrá más posibilidades, si no que aquellas que hubo quedan reducidas al sinsentido.

En apoyo a la segunda afirmación

– El sentido es determinación, pero con la llegada de la muerte los problemas de la vida quedan irresueltos y su significación permanece indeterminada, de modo que la vida misma carece sentido.

– La realidad humana es significativa: es por-venir de sí misma, está perpetuamente comprometida en su futuro y espera convalidación de él, así la vida pierde significado si ha de verse privada de ese porvenir.

– El ser de la realidad humana, en tanto que éste es para sí mismo, es en la medida en que se temporaliza; para cobrar sentido reclama un después que la muerte se encarga de negarle.

– Debido a la muerte el proyecto que es nuestra vida queda inacabado, de aquí resulta una consecuencia más: la muerte convierte nuestras vidas en vidas irresueltas.

En apoyo a la tercera afirmación

– La aparición azarosa de la muerte en el seno de mis proyectos arrasa con todas mis posibilidades: pero esa aparición no es una de mis posibilidades, por lo tanto no es posible su participación en mi vida.

– El porvenir es prefiguración de un presente que será y que no puede determinarse, sino sólo proyectarse y esperarse.

– Nuestra vida es una serie de proyectos. Para dar lugar a la muerte en mi vida tendría que incorporarla como uno de esos  proyectos; éste sería el proyecto hacia mi muerte, así que me proyectaría hacia la destrucción de todos mis proyectos incluyendo este último.

– Nuestra vida es espera: de la realización de nuestros fines y de nosotros mismos. La espera de la muerte sería la espera de la negación de toda espera, incluso esta última.

En apoyo a la cuarta afirmación

– Lejos de ser mi posibilidad, la muerte es un hecho contingente que me escapa por principio.

– La muerte no es en modo alguno estructura ontológica de mi ser, al menos en tanto que ser para sí mismo.

– La muerte es un límite externo y de hecho, pero la libertad que es mi libertad no encuentra nunca ese límite, por lo que puede decirse que la muerte no limita mi libertad.

– La muerte “me infesta en el meollo mismo de mis proyectos como reverso ineluctable de ellos”, pero no me lesiona por que, siendo tal reverso, no puede ser una posibilidad mía.

– La muerte escapa a mis proyectos por ser irrealizable. De este modo, como soy mis proyectos, escapo a la muerte yo mismo.

– Ya que es la muerte lo que está más allá de mi subjetividad, concluyo que en mi subjetividad no hay lugar para ella. Mi subjetividad, finalmente, no tiene que afirmarse contra la muerte, porque se afirma independientemente de ella.

 Sartre habla del para-sí como la realidad humana desde el punto de vista en que cada cual se sitúa a sí mismo. Visto así, lo anterior queda dicho en muy pocas palabras: “yo no viviré mi muerte”. Pero falta algo por notar –y está lejos de ser trivial-: que entre todas las cosas que soy para mí jamás estará el ser un muerto, eso lo seré para los demás. De igual modo, sólo ellos lo serán para mí.

Tomado de la Revista “La Tempestad”, año 2, número 11, marzo – abril 2000

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